Daniel G. Andújar


 
La pregunta: ¿Cómo, desde tu experiencia y perspectiva, las prácticas artísticas construyen esfera pública?
 
Una de las funciones de las prácticas artísticas es generar un espacio de resistencia contra un mundo cada vez más estandarizado y regularizado, en el que se ha ido reduciendo el campo de libertad. La idea de la esfera pública viene definida como concepto a finales de los años 90 por Habermas. Éste decía que los ciudadanos actúan como público cuando se ocupan de temas de interés general sin ser coaccionados. Las prácticas artísticas no pueden darse si no es bajo las condiciones de libertad absoluta. Sin embargo, el espacio público se ha ido reduciendo muchísimo, con lo cual las prácticas artísticas se ven amenazadas. Si no hay un espacio de libertad para desarrollar esa práctica artística es muy difícil que podamos construir esa esfera pública.
 
Desgraciadamente el campo de desarrollo de las prácticas artísticas, sobre todo en este país y bajo este estado, se ha ido reduciendo. En los últimos años se ha impuesto un ámbito regulador que ha afectado a lo que entendemos por esfera pública con leyes como la “ley mordaza”. Hace unos meses la televisión pública alemana me entrevistó sobre ella. La periodista me trajo el catálogo de mi última exposición en el Reina Sofía y fue, pieza por pieza, diciéndome qué trabajos de los que yo había realizado en los 80′-90′ son ilegales ahora mismo: no puedes ponerte un traje de policía, no puedes alquilar este tipo de cosas, no puedes haber sacado esta página web, no puedes haber tomado esta fotografía… Decía Habermas también que “la esfera pública en la democracia de masas en los Estados del Bienestar, se caracteriza por un debilitamiento singular de sus funciones críticas”. Creo que nos encontramos en ese estado.
 
Existen también otros ámbitos en los que podemos estar desarrollando esfera pública: el procomún, que tiene que ver también con la propiedad y la teoría del valor. Aquello que consideramos que pertenece a todos, que está en el espacio del procomún, está fuera de los márgenes del mercado y de sus normativas. La propiedad de una obra como el Guernica, joya angular del Museo Reina Sofía, no está exenta de polémica. Nunca apareció en la herencia de Picasso más que aquel mítico recibo que Picasso firmó en la Exposición Universal del 37 a favor de la República Española, una condición de estado que en este momento no existe, por lo cual su propiedad siempre ha estado en un limbo. Sin embargo, hay un reconocimiento internacional de que el cuadro pertenece a todos los españoles y por eso está depositado en el museo. Por un lado estaría el sentido de propiedad y por otro la teoría del valor: el capital simbólico del Guernica nos pertenece a todos. Es a través de este aspecto simbólico mediante el que deberíamos incidir en ese espacio de construcción de ese valor procomún que no es manipulable mediante la condición de mercancía.